Mientras Unos aseguran que las armas sonoras existen, Que son las más infalibles que se han creado o que son fantasía, Otros piensan que se trata del verdadero sonido del terror
Por Federico Kukso
ilustración ricardo peláez

NO HAY EVIDENCIA arqueológica alguna del evento.

Únicamente ecos distantes reproducidos en fábulas, leyendas incomprobables y cuentos de repetidas distorsiones: alrededor del año 1500 a.C., cuenta el relato bíblico, las murallas de la por entonces ya antigua ciudad de Jericó sucumbieron ante una enigmática fuerza invisible. Todo había comenzado con una invasión: tras décadas de haber huido de Egipto, el pueblo judío se aproximaba a la tierra que hacía tiempo su deidad, Yahvé, le había prometido. Hasta que, en su marcha, Josué –quien había quedado al mando luego de morir Moisés– se topó con las puertas cerradas de esta ciudad famosa por sus palmeras, exquisitos dátiles, por entonces habitada por cananeos, hititas, jivitas, perizitas, guirgasitas, amorreos y jebuseos, ubicada a 27 kilómetros de lo que en la actualidad es Jerusalén.

El sonido se ha utilizado, a lo largo de la historia, como una forma de ejercer poder y control

Nada ni nadie se iba a interponer en su camino. Armados de paciencia, los israelitas rodearon en completo silencio la ciudad durante seis días. Al séptimo, dieron siete vueltas a Jericó y, cuando las completaron, siete sacerdotes tocaron al unísono sus trompetas de cuerno de carnero. Y a la orden de su comandante el “pueblo elegido” gritó con vehemencia. Se cuenta que el ruido fue tal que los muros de Jericó colapsaron. Los guerreros aprovecharon, escalaron por las piedras e irrumpieron en la ciudad. Hombres y mujeres, jóvenes y viejos, y hasta bueyes, ovejas y asnos fueron masacrados. Jericó pereció en llamas.

De generación en generación, la historia se repite y al hacerlo revive una cuestión mucho más antigua: cómo los sonidos han inquietado a nuestra especie desde los albores de la humanidad. En especial, aquellos fuertes e irregulares, procedentes de la naturaleza, sin una fuente visible y que han señalado el peligro: el rugido de los volcanes, el crujido de los relámpagos, el estruendo de los terremotos. Las reacciones instintivas de miedo e ira a estos sonidos fuertes permanecen con nosotros hasta el día de hoy. Para darles sentido, muchas culturas han erigido mitologías y leyendas complejas en torno a ellos.

En la mitología nórdica, por ejemplo, los truenos eran obra y responsabilidad de Thor, dios protector de los agricultores, capaz de controlar el clima y las cosechas. En Japón, aún persiste la creencia de que los confusos crujidos de una casa en el medio de la noche –o Yanari– es causado por demonios. En otros casos, sin embargo, los sonidos pueden funcionar como arma defensiva: en la celebración del Año Nuevo chino se arrojan petardos y fuegos artificiales, pues desde tiempos ancestrales se cree que el ruido excesivo asusta y aleja a los espíritus malignos, responsables de la mala suerte.

De una u otra manera, el sonido se ha utilizado, a lo largo de la historia, como una forma de ejercer poder y control. En especial, por su profundo impacto físico y emocional: como arma, para dispersar multitudes, como elemento de tortura, como amenaza terrorista y herramienta de terror.

¿Qué sonidos podemos escuchar?

Elefantes y ballenas

-20 Hz

Infrasonido

Murciélagos y delfines

+20 KHz

Ultrasonido

Humanos

20 Hz-20 KHz

Sonido

Por debajo de 20 Hz y por encima de 20 KHz somos sordos.

Los antiguos mexicas lo sabían muy bien: sus ataques contra los pueblos lindantes comenzaban con una embestida psicológica. Según los arqueólogos, en los primeros momentos de un combate hacían sonar miles de pequeños instrumentos de arcilla con forma de calavera llamados Ehecachichtli, también conocidos como “silbatos de la muerte”. Su nombre procedía del dios del viento, Ehécatl, y producía un grito desgarrador, descrito como “mil cadáveres gritando”, que es muy difícil de olvidar. El ingeniero Roberto Velázquez Cabrera, quien dedicó su carrera a recrear sonidos antiguos produciendo cientos de réplicas de silbatos, flautas e instrumentos de viento desenterrados en excavaciones como la de lo que fue la ciudad de Tlatelolco, cree que los mexicas también usaban estos silbatos en ritos de sacrificio o en ceremonias para ayudar a los muertos a descender al inframundo o Mictlán. “Hemos estado observando nuestra antigua cultura como si fueran sordos y mudos”, asegura este investigador, quien sospecha que los mexicas usaban el sonido para tratar enfermedades mentales y físicas.

Tortura musical

Los sonidos nos impactan en el cuerpo y también en la mente. Una persona con un rango normal de audición escucha frecuencias de entre 20 hertz (es decir, sonidos muy bajos) y 20,000 Hz. Esto, sin embargo, no quiere decir que el oído humano no responda a variaciones de presión en el aire que se dan por debajo o por encima de estos rangos. Por ejemplo, se sabe que el infrasonido –es decir, una onda sonora por debajo de los 20 Hz– causado por calderas, turbinas de aviones y ciertos automóviles puede provocar una ansiedad fisiológica inconsciente, vértigo, náuseas o dolores de cabeza, trastornos de sueño y apatía. Varios animales pueden detectarlos: los elefantes escuchan tonos de hasta 15 Hz y las ballenas emiten sonidos de baja frecuencia para comunicarse a distancias de kilómetros. Otras especies perciben ondas infrasónicas emitidas por terremotos, avalanchas, erupciones volcánicas y, así, huir a tiempo, como ocurrió en el tsunami asiático de 2004.

En exposiciones prolongadas, el sonido puede causar fatiga. No es extraño que a lo largo del tiempo este rasgo haya sido explotado por toda clase de ejércitos. Diseñado por el ingeniero Hermann Pohlmann, al avión de combate alemán Stuka (o Junkers Ju 87) se le escuchaba mucho antes de verlo asomar en el horizonte: el bramido de su sirena ensordecedora (conocida como “trompetas de Jericó”) acompañaba el bombardeo del avión alemán más famoso de la Segunda Guerra Mundial y que debutó en 1936 en la Guerra Civil Española. Su objetivo era provocar miedo: cuando el Stuka descendía del cielo para soltar su carga mortal en la llamada guerra relámpago nazi (Blitzkrieg), el sonido que lo acompañaba tenía un efecto devastador en la moral de sus enemigos. No se sabe si la idea de esta táctica de intimidación fue de Adolf Hitler o del militar y aviador Ernst Udet, a cargo de la oficina de investigación y desarrollo de la Luftwaffe (fuerza aérea de la Alemania nazi).

Algunas décadas después, Estados Unidos experimentó con esta forma de terror psicológico en su propia población: el 3 de febrero de 1964, a las siete de la mañana, un avión-caza militar rompía la barrera del sonido sobre Oklahoma. Durante seis meses sus habitantes fueron tratados como conejillos de Indias en la llamada “Operación Bongo II”. Su objetivo: ver qué efectos tenían en la población los estruendos (“explosiones sónicas”) producidos por aviones que sobrepasaban la velocidad del sonido a una altura de entre 10,000 y 12,000 metros sobre la ciudad. En total fueron unas 1,253 explosiones y se recibieron 15,452 quejas. Dos décadas después, en 1984, un avión espía norteamericano SR 71 se utilizó para ejercer presión psicológica sobre el gobierno sandinista en Nicaragua: rompió la barrera del sonido mientras sobrevolaba Managua causando conmoción.

Las estrategias para doblegar al enemigo no se ven y no dejan marcas físicas

Cómo dañar un disco duro con sonido

Los ultrasonidos le sirven a diversos mamíferos, como los murciélagos, para crear un sistema de geolocalización, pues las ondas acústicas que emiten son tan altas que rebotan con el entorno y regresan en forma de “imágenes” que les permiten orientarse. Pero también pueden romper objetos a la distancia, lo que se ha denominado “ataques acústicos”. Eso es lo que hace Blue Note, un sistema desarrollado por investigadores de la Universidad de Michigan y la Universidad de Zhejiang que consiste en emitir ultrasonidos, por medio de altavoces regulares o emisores cercanos al objetivo, para inhabilitar discos duros de computadoras y videocámaras.

1

El ultrasonido sale de emisores cercanos al objetivo. El ataque causa interferencia acústica.

2

El cabezal (sensible a vibraciones) del disco vibra fuera de sus límites operativos. Y se detiene para evitar daños.

3

Se originan falsos positivos en el sensor de choque. La aguja del cabezal de lectura se sale de las pistas de datos.

4

Si el ataque se mantiene por un tiempo prolongado, el disco duro puede quedar inutilizado totalmente.

Por lo general, estas estrategias para doblegar al enemigo no se difunden mucho por una simple razón: porque no se ven y porque no dejan marcas físicas. Sus efectos, sin embargo, pueden ser mucho más eficientes que los misiles. En la guerra de Vietnam, el ejército norteamericano reproducía, en helicópteros con altavoces, cintas que recibían el nombre de “Ghost Tapes” o “Cintas fantasmales”, como la famosa “Ghost Tape No. 10”: sonidos espeluznantes, chillidos, gritos, gemidos y voces de lamento que se suponían que eran de soldados del Viet Cong muertos, con la intención de crear confusión y agitación en las tropas enemigas y alentar a los soldados del Frente Nacional de Liberación de Vietnam a abandonar su causa. La operación, desarrollada por el 6o Batallón de Operaciones Psicológicas (6th PSYOP), se llamó “Wandering Soul” (o Alma Errante) y explotaba la creencia vietnamita de que sus parientes muertos debían ser sepultados en su lugar natal o de lo contrario su alma vagaría por toda la eternidad sumida en tormentos y dolor.

Para la misma época, en Irlanda del Norte, los británicos se valieron de un dispositivo llamado “Curdler” –que emite un fuerte chillido a intervalos irregulares– como medio de control de disturbios, así como para torturar prisioneros. Muy similar a lo que sucede en instalaciones como la Base Naval de la Bahía de Guantánamo, en Cuba, y otros centros de detención donde la CIA y la división de Operaciones Psicológicas del Ejército estadounidense emplea música heavy metal –canciones como “Enter Sandman” de Metallica, “Fuck Your God” de la banda Deicide, “Take Your Best Shot” de Dope–, hip hop –“The Real Slim Shady” de Eminem–, así como largos periodos de exposición a canciones de los programas infantiles Plaza Sésamo y Barney, y hasta canciones de Britney Spears (“Hit Me Baby One More Time”) y Christina Aguilera (“Dirrty”) en los interrogatorios para doblegar a los prisioneros de guerra y sospechosos de terrorismo. Eso llevó a que, en 2009, la ONG británica Reprieve –que representa a una treintena de detenidos en Guantánamo– lanzara la campaña “Zero dB” (Cero decibeles) contra el uso de la música como arma en la guerra, con el apoyo de los artistas David Gray, Dizzee Rascal y Massive Attack. En 2014, incluso, la banda de rock industrial canadiense Skinny Puppy demandó al departamento de defensa de Estados Unidos por 666,000 dólares en regalías después de enterarse de que el Ejército estadounidense usaba su música para torturar a prisioneros. “Les enviamos una factura por nuestros servicios musicales, considerando que habían seguido adelante y habían usado nuestra música sin nuestro conocimiento y la habían usado como un arma”, señaló el tecladista Cevin Key de este grupo post-punk cuyo último álbum se llama “Weapon” (arma).

Efectos en salud

Auditivos

Trauma acústico agudo, pérdida de capacidad auditiva, hipoacusia y hasta sordera.

No auditivos

Insomnio, alteración de los ciclos y profundidad del sueño, molestia, estrés y hasta pérdida de relaciones sociales.

Fuente: Observatorio
Salud y Medio Ambiente.

escala de sonido

130

dBA

Motor de avión despegando, fuegos artificiales, disparo de arma de fuego.

100

dBA

Discoteca, sierra circular, taladro, sirena de ambulancia, claxon de autobús.

70

dBA

Conversación en voz alta, oficina con gente, almacenes, extractor de humo.

20

dBA

Rumor suave de hojas de los árboles.

La nueva guerra fría y sonora

“Considerado desde una perspectiva militar –escribe la periodista francesa Juliette Volcler en su libro Extremely Loud: Sound as a Weapon–, el oído es un blanco vulnerable: no lo puedes cerrar, no puedes elegir qué escuchar y los sonidos que lo alcanzan pueden alterar profundamente tu estado físico y psicológico. La segunda mitad del siglo XX fue testigo del desarrollo de investigación científica no sólo para usar el sonido como alarma o para intimidar al enemigo, sino más bien para explotar sus efectos biológicos, letales”.

Los ataques sónicos son invisibles, sigilosos: en noviembre de 2016, al menos 24 diplomáticos de la embajada de Estados Unidos en La Habana –que había reabierto en 2015, luego de 50 años de hostilidades– aparentemente fueron bombardeados por un sonido inaudible cuya naturaleza y autoría se desconocen. En un primer momento, no advirtieron de qué se trataba. Los síntomas iban de dolor de cabeza a confusión mental, problemas de equilibrio y sordera. Cuando los casos empezaron a multiplicarse, advirtieron el patrón. Según el Departamento de Estado, los ataques habrían ocurrido en las residencias de los diplomáticos y en hoteles como el Capri, una torre de hormigón de 60 años a pocos pasos del Malecón, el icónico paseo de La Habana. Los investigadores del FBI recorrieron las habitaciones en busca de dispositivos. No hallaron nada. Las armas acústicas o sónicas existen hace tiempo. Incluso como idea: en la novela La rebelión de Atlas (1957), la escritora Ayn Rand imaginó un instituto federal de ciencias que crea un arma de destrucción masiva que despliega ondas ultrasónicas. Supuestamente, la autora se habría inspirado en un arma llamada “Luftkanon” o “Wirbelwind Kanonew”, desarrollada por el Ejército alemán durante la fase final de la Segunda Guerra Mundial y diseñada para derribar aviones enemigos creando lo que se llama un “vórtice de sonido”. Así lo describió el historiador Leslie Earl Simon en su libro Secret Weapons of the Third Reich: German Research in World War II: “El diseño consistía en un reflector parabólico, de 3.2 metros de diámetro, que tenía un tubo corto que era la cámara de combustión o el generador de sonido, que se extendía hacia atrás desde el vértice de la parábola”.

Entrevista
Pablo Emilio Tamez
Director de Seguridad de la Información (CISO), Tecnológico de Monterrey

Los ataques sonoros aún parecen ciencia ficción en la vida cotidiana. Sin embargo, en un entorno altamente sofisticado y de riesgo, con grandes cantidades de información en la red –“polvo cósmico”–, el ciberdelito llegó para quedarse, como demuestran los recientes robos a las plataformas que emiten criptomonedas, o el ataque de hackers al SPEI (Sistema de Pagos Electrónicos Interbancarios) de bancos mexicanos en abril pasado. Todo lo que subimos las personas, o las instituciones, a la red es sujeto de ser usado por los ciberdelincuentes, señala el director de Seguridad de la Información (CISO) del Tecnológico de Monterrey, Pablo Emilio Tamez, quien además expone que el eslabón más débil de la cadena de seguridad es el usuario. Tamez describe a Tec Review las medidas básicas que se tienen que poner en práctica para protegernos: “hay que contar con una contraseña segura, cambiarla cada cierto tiempo, no compartirla; si nos alejamos de nuestro equipo, hay que bloquearlo, además de actualizar nuestros equipos. De nada sirven millones de dólares gastados en controles de seguridad si la persona no sigue prácticas de protección mínimas”. El CISO comparte que el Tec de Monterrey cuenta con protocolos de seguridad, equipo y personal especializado que detecta y previene ataques, además de proteger la información sensible de la institución, de manera permanente.

José Manuel Linares

Desde comienzos de la década de 2000, un arma sónica llamada Dispositivo Acústico de Largo Alcance o LRAD es desplegado por la policía en varios países. Se trata de un “cañón de sonido” que emite un ruido alto y estridente capaz de afectar la audición humana hasta a 300 metros de distancia. Se le utilizó durante las protestas del G20 en Pittsburgh, en 2009, para dispersar a las multitudes. Lo mismo sucedió en una manifestación de Occupy Wall Street en 2011 y nuevamente en Ferguson, Missouri, en 2014, luego del asesinato de un adolescente negro llamado Michael Brown por parte de la policía. Su fabricante, la LRAD Corporation, insiste en que no es un arma en absoluto sino un mero “dispositivo”, lo que le permite eludir el escrutinio regulador.

Como si fuera una novela de espionaje, el conflicto diplomático tiene más interrogantes que respuestas. Según varias víctimas, los ataques parecían suceder por la noche de a ráfagas de un minuto. Algunos dijeron haber percibido vibraciones y escuchado sonidos similares a grillos o zumbidos. El tema ha perturbado las relaciones con Cuba, que cayó bajo sospecha, y llevó a Estados Unidos a expulsar a 15 diplomáticos cubanos.

La sofisticación del ataque ha llevado a los funcionarios estadounidenses a sospechar del involucramiento de un tercer país. Quizás Rusia, China, Corea del Norte, Venezuela o Irán. Este incidente, sin embargo, no es aislado. En mayo de este año se reportó que un trabajador del consulado estadounidense en la sureña ciudad china de Cantón sufrió una leve lesión cerebral traumática después de informar “sensaciones anormales de sonido y presión” desde finales de 2017 hasta abril de 2018.

El problema con el infrasonido es que las bajas frecuencias son difíciles de identificar y los síntomas, al menos en el caso cubano, no parecen ser consistentes con los ataques infrasónicos. “El responsable probable de lo que está sucediendo en la situación de Cuba es el ultrasonido –indicó Robin Cleveland, profesor de ingeniería de la Universidad de Oxford–: frecuencias más altas por encima de 20 kHz”. Los conocimientos para diseñar un emisor de ultrasonido están en internet. Un dispositivo del tamaño de una caja de fósforos de cocina podría emitir amplitudes suficientemente altas a corta distancia para inducir sentimientos de ansiedad o dificultad para concentrarse.

un “cañón de sonido” puede afectar la audición hasta a 300 metros de distancia

Lo que sí se sabe es que se puede usar el sonido para dañar sistemas de archivos en discos duros al hacer vibrar los componentes internos en los dispositivos de almacenamiento. Investigadores de las universidades de Michigan y la de Zhejiang demostraron que simplemente reproduciendo señales de audio en el rango de 5 kHz a través del altavoz de una computadora un atacante puede hacer vibrar los cabezales de disco duro y discos magnéticos y bloquear computadoras, interrumpir cámaras de seguridad o dañar implantes médicos.

En 2016, por ejemplo, se informó que una docena de discos duros en el centro de datos del banco ING en Bucarest, Rumania, resultaron dañados luego de que durante un simulacro de incendio un sistema diseñado para extinguir el fuego emitiera un fuerte ruido. El percance provocó un caos económico: con el sitio caído, los clientes no pudieron usar sus tarjetas de débito, así como se interrumpieron las transacciones en cajeros automáticos. El banco informó que sus empleados requirieron diez horas para reiniciar los sistemas debido a la magnitud y complejidad del daño.

Las armas sónicas, de esta manera, apuntan menos a mutilar o infligir dolor y más a neutralizar y controlar en operaciones de engaño y abuso psicológico. Así, en un mundo que se encuentra dominado por imágenes, olvidamos el increíble poder que tiene el sonido tanto para amenizar nuestras vidas como para destruirnos por dentro y por fuera.

Jürgen Altmann, de la Universidad de Dortmund, en Alemania, publicó en 1999 diversas teorías sobre las fuentes, propagación y efectos de las armas sono­ras. Expuso que Estados Unidos desarrolla “armas no letales”, pero ante la falta de información pública no abunda en detalles. Hoy sabemos, por ejemplo, que el Ejército estadounidense usó en el año 2000 el cañón sonoro, llamado Dispositivo Acústico de Largo Alcance, para repeler el ataque de piratas somalíes contra barcos mercantes y de pasajeros, y para dispersar a “los indignados” por el G20 en Pittsburgh en 2009. La emisión de sonidos dolorosos de hasta 151 decibeles, también puede emplearse para transmitir mensajes claros a 1.2 kilómetros de distancia.