PANDEMIA EN CONFINAMIENTO EXTREMO

EL RASTRO
DE LA COVID-19
EN LA CÁRCEL

La pandemia nos ha puesto a prueba. Desde la cárcel y expuestos a un nuevo virus, la historia para las personas privadas de la libertad se cuenta más difícil.

POR: SUSAN IRAIS

POR: SUSAN IRAIS

¿Cuántos días llevas encerrado en tu casa? ¿Cuántas veces has sentido que tu cuarto –que se convirtió en tu oficina o en el salón de clases– se hace cada vez más pequeño?

Para algunos, el supermercado se convierte en un pequeño respiro emocional. Esa breve caminata por el camellón, te devuelve la calma y ensancha de nuevo las paredes de tu casa.

Luego de 14 meses en confinamiento debido a la pandemia por Covid-19, el encierro nos ha colocado frente a situaciones de aislamiento y hartazgo, aunque no han sido iguales para todos.

Ahora, imagina un confinamiento extremo. Tec Review entró al Reclusorio Oriente y platicó con quienes tuvieron el virus y lograron superarlo, gracias al apoyo externo o el de sus compañeros. En este texto los identificamos con sus sobrenombres, por los que son conocidos, para protección de ellos y de sus familias.

COVID EN LA CÁRCEL


“Si no tienes Covid, ahí lo agarras. Es una muerte segura”, dice Benji, uno de los sobrevivientes de la pandemia dentro del Reclusorio.

“Si no tienes Covid, ahí lo agarras. Es una muerte segura”


Recuerda –una vez más– cómo te has sentido en estos meses de confinamiento. Ahora, imagínate pasar por lo mismo, pero en cuatro muros oscuros, solo 25 metros cuadrados de los que no tienes permitido salir, entre 14 personas más, todas contagiadas o sospechosas de SARS-CoV-2.

Benji perdió todo contacto con el mundo exterior. Esas cuatro paredes alimentaron su encierro y llegaron los pensamientos oscuros, alarmistas por la poca información verificada sobre el virus. El estrés fue constante.

La pandemia ha dejado lecciones a todos, nos ha sometido a pruebas emocionales y físicas. Para quienes deben afrontarla desde la cárcel, el encierro se convierte prácticamente en una prueba de vida o muerte, y la posibilidad de que el hilo de la razón se rompa en cualquier momento.

UN ENCIERRO DENTRO DE OTRO ENCIERRO


Para El Artesano lo más difícil fue llegar al Dormitorio-1 (D1) sin nada. Ahí no había cobijas, agua, comida ni contacto con sus familiares.

“Fue como empezar de cero. Eso siempre es difícil y más porque estás enfermo, no tienes fuerzas para levantarte, fue prácticamente depender de los que estaban menos enfermos. A mí me tocó darle agua a mis otros compañeros”.

Durante la pandemia, el D1 ganó fama entre los internos del Reclusorio Oriente, en la Ciudad de México: ahí se envía a los contagiados de Covid-19, a los sospechosos y, junto con ellos, van todos sus compañeros de celda.

El confinamiento entendido desde la privación de la libertad tiene un doble efecto para quienes lo viven. En las cárceles, uno amanece todos los días confinado.

“Para alguien que ya está preso, la situación no cambia, es decir, sigue encerrado. Pero, su posición es mucho peor, porque si bien nosotros en ese encierro podemos seguir comunicándonos, para ellos, los pequeños espacios de comunicación con los de afuera se censuraron durante largos periodos y cuando abrieron fue de manera muy limitada”, explica el doctor en psicología y sociología, Cristian López Raventos, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Una de las primeras medidas sanitarias que tomó el Reclusorio Oriente al comienzo de la pandemia fue limitar las visitas, pero esto solamente agravó la situación para los reclusos.

“Limitar las visitas en una cárcel latinoamericana es complejísimo, porque cortas la entrada de todo. Es un castigo muy severo, esas visitas son de abastecimiento”, explica Gustavo Fondevilla, coautor de la investigación Responding to Covid-19 in Latin American Prisons: The Cases of Argentina, Chile, Colombia and Mexico.

LA FAMILIA, LA SALVACIÓN


Hallar un asidero con el mundo exterior, por más delgado que pueda ser, vale como oportunidad de supervivencia en situaciones de confinamiento extremo.

El Artesano fue enviado con su celda al D-1 y sobrevivió gracias a sus familiares, por una denuncia hecha ante la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México.

Él y sus compañeros fueron los únicos internos enviados a este dormitorio a quienes sí se les realizó una prueba PCR para detectar el virus del SARS-CoV-2, pero nunca les informaron sobre los resultados, ni a ellos ni a sus familias.

La llamadasana distancia es nada más que un deseo


“Ahí estuve un mes, con temperaturas bien altas. Vi morir a más de los que vi entrar. Afortunadamente, pasé la enfermedad; yo creo que fue gracias a mi familia, porque cuando me perdieron el rastro y no recibían mis llamadas, se preocuparon. Entonces, metieron la queja y fue como salimos de ese infierno”, cuenta.

El Reclusorio Oriente es uno de los dos centros de encarcelamiento de la capital del país, junto con el Reclusorio Norte, que afrontan serios problemas de sobrepoblación.

Cohabitan, entre sus muros, más de 8,500 presos, los que –en conjunto– rebasan aproximadamente 38 % su capacidad, de acuerdo a cifras de la Subsecretaría del Sistema Penitenciario del gobierno de la ciudad.

Desde el inicio de la pandemia, el gobierno mexicano y otros, como los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos recomendaron que cualquier caso sospechoso o confirmado tenía que permanecer alejado de otras personas.

El distanciamiento social, de por lo menos un metro, fue una de las recomendaciones que la Organización Mundial de la Salud hizo para evitar contagios. Sin embargo, en un lugar diseñado para el control social, la llamada sana distancia es nada más que un deseo.

RESISTIR, TAMBIÉN EN LA MENTE


Benji tiene un año sin ver a los suyos, porque las restricciones para visitas se endurecieron.

Unas medicinas que lograron ‘pasar’ hasta su celda son el único contacto que tiene con el mundo exterior, tras más de 400 días de pandemia.

“Cuando uno de la familia va a prisión, metes a toda la familia, ahora tienen que preocuparse por todo y abastecer al preso”, dice Fondevilla.

La privación social –el hecho de que no podamos estar en contacto con otras personas– también genera y conduce a estados depresivos y de estrés.

“Éste es el único castigo que doblega a una persona”, agrega Marcos Vinicio Vicuña González, director de Bienestar y Consejería Región Occidente del Tec de Monterrey, Campus Guadalajara.

Toda persona recluida ya está cumpliendo una pena. “Todo eso que viene después de la condena, vulnera sus derechos humanos. Los custodios y las autoridades pierden la sensibilidad hacia ellos”, añade López Raventos.

GOLPE A LA SALUD MENTAL


El estrés y la depresión son grandes enemigos del sistema inmunológico, sus efectos transforman cómo funciona nuestro cuerpo.

Las consecuencias de la pandemia en la salud mental ya se están viendo en todo el mundo, pero para los presos eso efectos pueden duplicarse o triplicarse.

Benji es otro de los sobrevivientes de la enfermedad. Se contagió dentro de la cárcel tres meses después del primer caso en México. Padeció un cuadro severo de la Covid-19, pero se ocultó con la ayuda de sus compañeros de celda. Sobrevivió con el medicamento que le envió su familia.

“Tenía un frío paralizador en la espalda. Temperatura alta, tos que no se quitaba, estuve 20 días en cama. Si no me hubieran podido pasar medicamento, hubiera muerto”, recuerda en entrevista para Tec Review.

Su mamá pertenece al grupo de la tercera edad y no puede entrar al Reclusorio. Además, él prefiere que sus hermanos no se arriesguen en un contexto insalubre. La familia le envía todos los insumos como ropa, dinero, comida y medicamento a través de su novia.

LA MUERTE YA NO ESPANTA, LA SOLEDAD SÍ


“Cortar el contacto con el mundo exterior es una forma de volver a castigar a quien ya está recluido, es una forma de agudizar la idea de que son los últimos en la atención. Y recordemos que ellos no se lo han buscado, la mayoría está ahí aunque son inocentes”, asegura el doctor Cristian López Raventos.

México es el país latinoamericano con mayor número de casos de contagio y muertes por coronavirus en las cárceles con 4,428 contagios y 357 muertes, de acuerdo al Mapa Penitenciario Covid-19 de Asistencia Legal por los Derechos Humanos (AsiLegal) con cifras hasta mayo de 2021.

El traslado al D-1 implica fracturas en el esquema de protección que crean los internos, entre quienes coexisten en una misma celda o dormitorio.

“Dentro de las prisiones ser apartado puede llegar a implicar desde golpes hasta la muerte, porque el apartado pierde la protección de su grupo, se queda solo”, advierte López Raventos.

Además, a diferencia de la infodemia que se disemina en libertad, dentro de la cárcel la falta de información amplifica el miedo y la incertidumbre.

La información de qué le pasa a alguien enfermo o a quien convive con él está basada en la imaginación construida a través de la poca información (real o falsa) dentro de la prisión.

“El vivir con la angustia de caer en la soledad, la falta de atención y la poca información debilitan el sistema inmune debido al estrés, ansiedad y angustia, lo que les hace más vulnerables al virus”, explica Raventos.

RADIOGRAFÍA DEL SISTEMA INMUNE DE UN REO


“Cuando comencé a tener la fuerza para levantarme me iba a correr un kilómetro, hice ejercicio porque sentía débil mi respiración y sí funcionó, al principio me costaba muchísimo, pero recuperé mi condición después de un tiempo”, narra Benji.

Como él, gran parte de la población en las cárceles mexicanas se ejercita para aguantar las exigencias y el ritmo de vida en reclusión.

“El ejercicio sí marca una gran diferencia antes o después de la enfermedad. Si hacen ejercicio aumenta su capacidad pulmonar”, expone el doctor Andreu Coma García, investigador post-doctoral PRODEP en el Cuerpo Académico de Virología del Laboratorio de Virología, Departamento de Microbiología, Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí.

El hacer ejercicio al aire libre supone la adquisición de la vitamina D, lo cual refuerza el sistema inmunológico.

“La susceptibilidad de los prisioneros tiene que ver con la desnutrición, el hacinamiento, la falta de exposición al Sol (en las prisiones de alta seguridad), el consumo de drogas, la falta de atención temprana, hepatitis, la obesidad y el VIH, estos son los factores que impactan el sistema inmune”, dice el virólogo.

Sin embargo, las malas condiciones del reclusorio también pueden jugar a favor de los internos porque, a falta de ventanas, hay gran ventilación y se evita la propagación del virus.

Además, la alta exposición a otros virus y bacterias genera un sistema inmune más preparado. Aunque, “el virus es nuevo y no sabemos si tiene el mismo comportamiento en el sistema inmune y es complicado saberlo porque la mitad de los contagiados son asintomáticos”, reconoce Coma García.

El Soldado es otro de los sobrevivientes de la pandemia en prisión. Pasó 15 días enfermo, siete de estos en cama. Desde que ingresó al Reclusorio Oriente no cuenta con la ayuda de sus familiares, el único apoyo que recibió fue el de sus compañeros de celda.

“Estuve muy mal, a punto de la muerte. Perdí la noción del tiempo, tuve temperaturas y fríos extremos, pensé que nunca iba a ver a mis hijos de nuevo”, recuerda.

SIN LA HORMONA DEL AMOR


Vivir la enfermedad en soledad ha sido una realidad para miles de personas en México y millones alrededor del mundo. En la cárcel, este malestar se agudiza y la salud mental afecta el sistema inmune.

Un cerebro expuesto al estrés, ansiedad, agresiones y miedo, aumenta la producción de cortisol.

“Esta hormona activa el modo supervivencia en nuestro cuerpo y nos mantiene en un estado de alerta. Segregar cortisol es el gran supresor del sistema inmune y baja los receptores gabaérgicos, los cuales favorecen la calma y la tranquilidad”, explica Alejandra Evelyn Ruíz Contreras, especialista en Neurogenómica Cognitiva de la UNAM.

La importancia de la vacunación para este sector es una necesidad principal


El cortisol es lo opuesto a la oxitocina, conocida como la hormona del amor. La oxitocina disminuye la tensión arterial y el ritmo cardiaco, reduce la tensión muscular, mejora la cicatrización y aumenta el umbral del dolor. Y también participa en la absorción de los nutrientes.

“La atención psicológica en los centros de reclusión fue pausada por la pandemia, los estragos se dejarán ver, incluso, cuando termine la emergencia”, considera Andrés Palacios Ramírez, especialista en Psicología, quien encabeza un programa de atención psicológica en un tutelar de menores en San Luis Potosí.

La función de los centros de reclusión siempre ha sido la reinserción social, pero en la realidad de la Covid-19, la población ha sido dejada al final de la lista.

Todos los especialistas entrevistados coinciden en la importancia de la vacunación para este sector como una necesidad principal.

El 13 de abril pasado, la jefa de gobierno, Claudia Sheinbaum, anunció que la vacunación contra la Covid-19 en las cárceles de la capital arrancaría ese mismo mes.

Datos hasta el 13 de mayo, 2021

VULNERABLES E INVISIBLES


“Toda persona recluida pertenece a los grupos vulnerables ante el coronavirus por una variedad de razones. Primero, es menos probable que tengan acceso a médicos y al tratamiento. Por otra parte, el concepto de distanciamiento social entre los reos resulta ridículo. Viven hacinados”, explica Adam J. Moore, investigador de epidemiología del Equipo de Investigación de Enfermedades Respiratorias Emergentes de Yale (equipo creado para investigar la Covid-19) y especialista en migración y reclusión.

Así lo vivió Benji, quien cuenta que mientras estuvo enfermo no tuvo atención médica.

“La única ayuda que recibí fue la de mi familia y mis compañeros de celda. Yo tengo la gran fortuna de tener una familia que costea mis mayores gastos y, por ello, pude pagar un camarote [es decir, una cama], pero no todos corren con la misma suerte, otros duermen en la taza del baño o de ‘a murciélago’, parados y amarrados)”, detalla.

El hacinamiento conlleva una constante falta de higiene, acceso limitado a bienes básicos y servicios deficientes de salud


Las prisiones latinoamericanas albergan el 12 % de la población carcelaria total del mundo y la tasa de encarcelamiento se ha duplicado de 118.8 a 241 por cada 100,000 habitantes desde el año 2000, de acuerdo a la investigación Responding to Covid-19 in Latin American Prisons: The Cases of Argentina, Chile, Colombia, and Mexico.

Este crecimiento ha hecho que las instituciones operen un 60 % por encima de su capacidad.

En consecuencia, según la investigación, el hacinamiento conlleva una constante falta de higiene, acceso limitado a bienes básicos y servicios deficientes de salud en las prisiones de América Latina, entre otros problemas.

Al inicio de la pandemia, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) indicó que las personas privadas de la libertad eran más susceptibles a la Covid-19 y a otras enfermedades, porque generalmente viven muy cerca unos de otros, lo que se traduce en un mayor riesgo de transmisión de persona a persona a través de gotitas de agua. El medio más seguro de contagio del SARS-CoV-2.

Además, esta población tiene una mayor exposición a riesgos como tabaquismo, malnutrición y la coexistencia de otras enfermedades, como virus transmitidos por la sangre, tuberculosis y trastornos por consumo de drogas.

“Los reclusos no son la prioridad para las autoridades y nunca lo serán. La prisión en Latinoamérica es un depósito de personas. La gente no quiere ver recursos ahí, lo que quiere ver es castigo”, asegura Fondevilla, profesor investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).

Durante la pandemia, diversas instituciones internacionales han sugerido la liberación de presos con delitos menores, pero de acuerdo a la investigación de coautoría de Fondevilla, solo se ha liberado al 2 % de la población en prisión.

“Los comités para liberaciones se tardaron meses en formar, otros cuantos en determinar quiénes podrían acceder a la liberación anticipada. Esto solamente es un reflejo del desinterés y abandono que hay en los centros de reclusión”, apunta el experto.

DORMITORIO 1:

LA PESADILLA DE TODO PRESO


Contagiarse de Covid-19 en el Reclusorio Oriente es una preocupación secundaria para los internos.

“Lo más importante es esconderte; fingir que estás bien delante de los custodios, porque, si no, vas a parar al D-1, tú y todos los de tu celda”, cuenta El Pastor, quien vio morir a cuatro de sus compañeros a causa de la enfermedad.

“Yo no creía en el virus, pero cuando me tocó a mí ya no me quedó duda. En la celda nos enfermamos y nos escondimos juntos, pero cuatro de mis compañeros murieron. Nunca tuvimos acceso a atención médica y todos los medicamentos subieron muchísimo de precio. Una sola pastilla de paracetamol estaba hasta en 20 pesos y cualquier inyección en 70 pesos cada una”, relata.

En medio de la pandemia, el mercado oculto de medicamentos tuvo una alta demanda y quienes tenían posibilidad de que sus familiares ‘pasaran’ un poco más de lo necesario, se enriquecieron a través de la venta con costos muy elevados.

SÍ HUBO PRUEBAS


Tec Review preguntó al gobierno de la Ciudad de México sobre la situación que relatan los presos.

De acuerdo a la Subsecretaría del Sistema Penitenciario, a partir de la pandemia, se elaboró el Protocolo de Actuación en Centros Penitenciarios de la Ciudad de México para SARS-CoV-2 COVID 19, el cual se puso en marcha el 16 de marzo de 2020 en el Reclusorio Preventivo Varonil Oriente.

Las autoridades aseguran que sí se hicieron pruebas. Afirman que desde el 6 de abril, a través de la Secretaría de Salud local, se aplican test de proteína c-reactiva (conocida como PCR) para descartar el contagio por Covid-19 a todas la personas privadas de la libertad.

Quien resulta positivo es debidamente atendido, es decir, se le brindan cuidados médicos por personal especializado, en un dormitorio apartado, designado exclusivamente para los internos contagiados.

Esta Subsecretaría afirma que en este lugar –así, aislados– permanecen hasta su total recuperación y es el personal médico el que determina en qué momento pueden integrarse a la población interna o ser trasladado a otro dormitorio.

De acuerdo con la información brindada, se han realizado más de 3,700 pruebas PCR en este reclusorio en particular.

Las cifras que han documentado son:


Datos hasta el 19 de mayo, 2021

Respecto a los testimonios de los internos sobre el Dormitorio-1, la Subsecretaría del Sistema Penitenciario asegura que este lugar, únicamente, es habitado por personas de nuevo ingreso.

Detalla que ahí permanecen un máximo de 21 días, periodo en el que se les aplica una prueba de Covid-19. Los casos que resultan positivos son reubicados en otro dormitorio, que no se especificó.



La campaña de vacunación contra la Covid-19 en el Reclusorio Oriente comenzó en abril para la tercera edad y en mayo para la población de 50, 40 y hasta algunos de 30 años. De acuerdo a los entrevistados, una minoría rechazó la vacuna por miedo.






VIDEO Y ANIMACIÓN: Fernando Morales

DISEÑO WEB: David Sánchez

INTERACTIVO: Evelyn Alcántara

ILUSTRADOR: Héctor Castillo Lezama