FRIDA KAHLO POSÓ PARA VOGUE EN OCTUBRE DE 1937. EL LENTE DE TONI FRISSELL CAPTÓ A LA PINTORA DE COYOACÁN SOBRE UN FONDO VERDE CON FLORES BLANCAS, ATAVIADA CON UN REBOZO NEGRO, UN HUIPIL BORDADO Y UNA FALDA AMPLIA CON DETALLES NARANJA Y ROJO EN EL BAJO. SU ROSTRO JOVEN, IMPASIBLE; LAS CEJAS POBLADAS, SIN DEPILAR.

La estampa fue como un rayo impertinente en una noche de tormenta, pues mostró a una mujer irrepetible, artífice de enigmáticos autorretratos y tremendos cuadros de su propio sufrimiento. En 2012, esta famosa revista de moda festejó la apuesta por Frida porque “representaba una propuesta estética radicalmente distinta”.

Tras una notoriedad súbita y fugaz, lo cierto es que la fama le llegó tarde a la pintora. Tenía 46 años cuando tuvo su primera y única exposición individual. Murió al año siguiente, en 1954. En ese entonces, su obra no fue valorada en su justa dimensión, quizá por la naturaleza misma de su trabajo, pues pintaba temas autobiográficos, en un momento que favorecía una pintura rendida al nacionalismo y la historia oficial.

Años más tarde, la cantante Madonna mostró su interés por interpretar a Frida en una cinta biográfica que, finalmente, protagonizó Salma Hayek. Desde niña, la Reina del Pop sabía sobre la vida y milagros de la pintora, esposa del muralista Diego Rivera.

Así, a finales de los 80, adquirió el Autorretrato con mono, por un millón de dólares y apuntaló la “fridomanía” que se había originado en los años 70 en Alemania, cuando recaló ahí una exposición itinerante con obras de Frida y la fotógrafa Tina Modotti. Sin poder imaginarlo, dos décadas después de su muerte, la artista mexicana se volvió mito universal, con millones de seguidores de diferentes partes del planeta.

En el presente siglo, la atracción por su vida y legado artístico se ha incrementado, además de que es una importante fuente de inspiración para nuevas expresiones visuales. Hoy, sin embargo, su nombre e imagen están asociados a una marca vinculada con diversos productos comerciales.

Muchos no miran con buenos ojos que una figura vinculada al muralismo y miembro del Partido Comunista mexicano se haya transformado en Frida Kahlo Corporation. Tampoco que sea utilizada por varias empresas, como una que lanzó una edición especial de zapatos deportivos con su rostro y firma, aunque los dividendos fueran en beneficio de las comunidades mazahuas de San Felipe del Progreso, Michoacán, y San José del Rincón, México. El semblante de la pintora, que se ha hecho popular por sus grandes cejas, ahora es lugar común en cervezas, pañales, esmaltes, libretas, tequila, bolsas, toallas sanitarias, portadas de cuadernos... Incluso, la trasnacional Barbie decidió crear una Frida estilizada.

Pero el destino de esta artista es ejemplo de cómo un bien intangible, producto de la creatividad, se puede transformar en fuente de valor económico, riqueza y creación de empleos a nivel global. Por ejemplo, su casa de Coyoacán, en la Ciudad de México, recibe alrededor de 25,000 personas al mes, con una media de 45 % de extranjeros, lo que representa un alto impacto económico en la zona. De esta manera, a pesar de las voces en contra de que Frida se haya convertido en producto de mercadotecnia, ella es protagonista de un fenómeno mundial al que se le ha puesto por nombre “economía creativa” y que promete ser una fuente de recursos más inagotable que el mismísimo petróleo.

DESPERTAR DEL SUEÑO

Una fuerza transformativa poderosa. Así es como la UNESCO y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (UNPD) miran a la economía creativa. Ambas instituciones consideran que su potencial en el desarrollo es inmenso. Aunque parece como si aún se encontrara dentro de una catacumba: a punto de ser descubierta para que la humanidad pueda conocerla y beneficiarse de ella.

La economía creativa es uno de los sectores que más rápido crece en el mundo, no sólo en generación de ingresos, sino también en cuanto a creación de empleos y aumento de las exportaciones. Así lo hacen saber ambas instituciones, en un informe publicado en 2013. Es tal la posibilidad de desarrollo que ofrece que, no por casualidad, en 1954, Winston Churchill aseguró que los imperios de la mente serían los imperios del futuro.

El término “economía creativa” surgió en 2001, cuando el escritor y gestor de medios John Howkins lo utilizó para hablar de 15 industrias que eran muy productivas: desde las artes, pasando por el emprendimiento, la ciencia y la tecnología. Según sus cálculos, esta economía representaba un valor mundial, en ese entonces, de 2.2 billones de dólares; ahora tiene un crecimiento anual de 5 %, según datos de 2013 de la UNESCO y el UNPD.

En las industrias creativas, la imaginación tiene un papel esencial. “La innovación constante en términos de productos, procesos y métodos es la norma y no la excepción”, explica John Newbigin en La economía creativa. Una guía introductoria. Él analiza su capacidad para transformar otros sectores económicos, lo que las convierte “en un catalizador para cambios más amplios y fundamentales”.

Newbigin ha sido asesor del gobierno británico para establecer la economía creativa como un elemento “legítimo y necesario” de la política pública. En su libro cuenta que, durante 2005, en ese país, notaron que esta industria empleaba un alto porcentaje de profesionistas graduados: “un 49 % de la fuerza de trabajo de las industrias creativas contaba con títulos universitarios, comparado con un 16 % de la fuerza de trabajo total”. También descubrieron que su valor no es solamente económico, social o cultural, sino que también sirve de modelo para todos los demás sectores económicos, “que están obligados a adaptarse”.

De este lado del Atlántico, en una charla TED realizada en marzo de 2018, el músico y emprendedor cultural norteamericano Hadi Eldebek relata que, en una ocasión, les dio a sus hermanos y a sus amigos una noticia que les puso los pelos de punta a unos de ellos: dejaría la maestría en ingeniería, para dedicarse a la música de tiempo completo. Algunos le advirtieron que se estaba equivocando. Que mejor buscara una carrera de verdad y se olvidara de ésa, que sería la peor decisión de su vida.

Pero Eldebek estaba convencido de que no era un error ni un sueño sin horizonte. Descubrió que la industria de las artes, en Esta- dos Unidos, genera más de 166,000 millones de dólares, da empleo a 5.7 millones y tiene un retorno de 12,600 millones en ingresos fiscales. Él no entiende por qué, si las artes contribuyen tanto a la economía, se invierte poco en ellas. “¿Por qué más del 80 % de nuestras escuelas en el país aún sufren reducciones monetarias en programas de educación para las artes?”, critica.

Por ello, diseñó una plataforma para que los artistas puedan acceder a becas y oportunidades “de forma fácil y menos intimidante”. Quiere resolver la desigualdad financiera. “En unos años, planeo enviarles a mis hermanos el siguiente correo: ‘Queridos hermanos, espero que se encuentren bien. Les escribo para decirles que me va muy bien a mí y también a cientos de artistas. Cada vez somos más valorados cultural y financieramente y obtenemos suficientes fondos para enfocarnos en nuestro oficio y poder crear más arte. Gracias por todo su apoyo. No lo hubiera logrado sin ustedes”.

EL HUB DE LA CREATIVIDAD

El colombiano Iván Duque se CREATIVIDAD dice obsesiona- do con impulsar las industrias creativas como un instrumento que permita generar empleo en la juventud y transformar la economía de los países, para que pueda darle un lugar preponderante a la propiedad intelectual. Así lo narra en un video publicado por La Ola Naranja. Ese sector, piensa, representa más que la minería y el café, en términos de Producto Interno Bruto, porque “emplea cientos de miles de personas, directa e indirectamente”, y debería estar inserto en la agenda de desarrollo de las naciones. Al cierre de esta edición, Duque era el candidato puntero a la presidencia de su país.

Cuenta que un día se reunió con el investigador Felipe Buitrago y juntos comenzaron a pensar en una idea para “darle un renacer intelectual” al tema. Decidieron hacer un libro sin párrafos, apoyado sólo de infografías, gráficos y códigos QR. Y luego se vieron en dificultades para decidir qué título le pondrían. Así que se tomaron un fin de semana para, cada uno por su lado, pensar propuestas.

DE TRABAJO CORRESPONDEN A LAS INDUSTRIAS CREATIVAS Y CULTURALES EN MÉXICO: INEGI.

Cuando se vieron al lunes siguiente, coincidieron en que el color apropiado para este sector sería el naranja. Y hallaron relaciones interesantes. Por ejemplo, que el chacra del abdomen es naranja y éste es el centro creativo del individuo; Baco, el dios griego del vino y del teatro, así como los monjes sadhu, han utilizado el naranja para vestirse, porque creen que existe una conexión celestial entre la creatividad, la cultura y la religión; en Egipto se utilizaba para adornar las tumbas de los faraones, mientras que los toltecas lo usaban para darle vida a sus expresiones artísticas. Además, Frank Sinatra creía que era el color más feliz.

Por todo eso, bautizaron a la eco- nomía creativa como “naranja”. Y desde el senado Duque impulsó una ley que ha sido bautizada como Ley Naranja, aprobada en 2017 con 80 votos a favor y cinco en contra. Pretende generar entre 700,000 y 1.3 millones de empleos, además de alcanzar más de 177,000 millones de dólares anuales, en Colombia. También promete incentivos fiscales para quienes promuevan y patrocinen actividades creativas.

En ese país hay varios casos de emprendimiento empresarial pintados de naranja. Uno de ellos es La Torre, del colombiano Alex Torrenegra, que consiste en una plataforma de crowdsourcing que cuenta con una base de datos de 135,000 actores de doblaje y narración. Su algoritmo identifica al mejor talento para cada proyecto entre cientos de miles de voces, en menos de 10 minutos. Otro caso es Popular de Lujo, plataforma digital que promueve la investigación y divulgación de la gráfica popular latinoamericana como cultura visual (avisos, carteles, letreros de autobuses, murales, etcétera).

Pero la Ley Naranja no ha esta- do exenta de críticas. Por ejemplo, en Razón Pública, el director de la maestría en Gestión y Produc- ción Cultural y Audiovisual de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, Santiago Trujillo, escribió: “Una ley de fomento a la economía creativa debe apostarle a la iniciativa privada, a la construcción de espacios sostenibles para el emprendimiento independiente, a la consolidación de mecanismos financieros para el estímulo directo e indirecto de empresas innovadoras. En eso estamos de acuerdo con la Ley Naranja. Pero el arte y la cultura no pueden perder su valor social y quedar reducidos a la lógica del provecho económico”.

Hoy ya hay movimientos de creativos en América Latina que han puesto el naranja “en el centro del debate y el desarrollo”. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) ha planteado, incluso, la necesidad de incluir a este continente en esta actividad económica, debido a que está rezagada con respecto a otras regiones, como Europa y Norteamérica. Por ello, impulsa el proyecto Región Naranja, con el que espera posicionar a Latinoamérica y el Caribe como el “hub” de la creatividad, a través de “la red más compleja y diversa de creativos de la región”.

Dentro de los objetivos de Región Naranja está inspirar a artistas emergentes e influyentes para que sean voceros de esta iniciativa, así como dar visibilidad a su talento para “empoderarlo y potenciar su aporte a la Economía Naranja”. Además, busca integrar creatividad, tecnología y emprendimiento, “para lograr una mayor contribución económica y social”.

TALENTO, ORO MOLIDO

En México, así como en el total de las naciones de América Latina y el Caribe,existe mucho talento e imaginación. Asimismo, hay un patrimonio artístico e histórico inigualable que las convierte en fuertes candidatas a desarrollar sólidos bastiones de economía creativa. De acuerdo con el BID, en 2015, la industria creativa en esta región retuvo una cantidad de puestos de trabajo comparables con los que generan Costa Rica y Uruguay: un millón 900,000 trabajadores. Además, alcanza el 6 % del PIB de la región. Por país, es así: Brasil, 2.6 %; Chile, 2.2 %; Argentina, 3.8 %; México, 7.4 % (aunque sería 12 % si se considerara la piratería), y Colombia, 3.5 %.

Naranja “es un conjunto de actividades que, de manera encadenada, transforma las ideas y nuestra identidad en bienes y servicios que enriquecen nuestras vidas”, explica Felipe Buitrago a Tec Review. Contempla pintura, escultura, fotografía, teatro, danza, música y circo, además de cine, televisión, radio y medios editoriales. También arquitectura, animación digital, videojuegos, publicidad, diseño de interiores, gráfico, digital, moda, joyas y juguetes. Incluye, asimismo, componentes del patrimonio cultural, festivales, artesanía y gastronomía, entre otros. Recientemente, se añadió el turismo cultural, una actividad en crecimiento y fuente de importantes dividendos.

El valor de esta economía, explica Buitrago, “está determinado por su contenido de propiedad intelectual más que por su valor de uso”. Para Juan Pablo Murra, decano de la Escuela de Negocios del Tecnológico de Monterrey, está intrínsecamente asociado con la innovación. “Alguien puede ser creativo y generar ideas –analiza–, pero éstas pueden no ser factibles ni viables; la innovación que requiere la economía naranja es la que materializa esa idea, la que se concreta en un ámbito real, la que se pone en práctica”.

La gran industria que se ha forjado en torno de la figura de Frida Kahlo muestra los alcances a los que puede llegar una propuesta creativa en la economía naranja, dice Alejan- dro Rodríguez, director del Centro de Diseño Avanzado del Tecnoló- gico de Monterrey. “No sólo son sus obras, sino lo que se genera alrededor: una inspiración inacabable de creación de enseres de belleza, bolsas, ropa, calzado, arquitectura, moda, fotografía, decoración, instalación, cerámica...”

Otro caso emblemático es el del Cirque du Soleil, que genera ingresos anuales por 800 millones de dólares y emplea a 5,000 personas. También está Neflix, que tiene alrededor de 34 millones de suscriptores y obtuvo en el pri- mer trimestre de 2018 ingresos de 3,600 millones de dólares. En China, destaca movingcities.org, una iniciativa para desarrollar la investigación y la colaboración en industrias creativas y educación en medios de comunicación. Esta nación ocupó, en 2013, el puesto número uno en exportación de bienes creativos, que representaron más de 60,000 millones de dólares, lo que significó 28.2 % del total de las exportaciones mundiales en este tipo de economía.

LOS RETOS DE MÉXICO

En 2010, la ONU identificó a México como líder en la economía creativa latinoamericana. Representaba el 1.3 % del mercado mundial en industria de música, videojuegos, libros, televisión y cine. En un informe, el organismo identificaba como a las mejores economías creativas a China, Estados Unidos, Alemania y Hong Kong.

Sin embargo, en este país, aún no se ha desarrollado una política pública para impulsarla, a pesar de que “el patrimonio cultural y artístico de México es uno de los más valiosos del mundo. Los casos notables se multiplican en el ámbito del arte, la literatura, el cine, la música y el teatro. Estos elementos son un detonador para el desarrollo de una economía naranja trascendente”, estima Juan Pablo Murra.

Datos de 2018, proporcionados por la consultora The Competitive Intelligence Unit (CIU), indican que esta actividad económica genera dos millones de empleos directos e indirectos en este país (lo que equivale a 2.4 % de la ocupación total nacional). Además, esta nación ocupa el primer lugar en América Latina y el Caribe como exportadora de servicios creativos, mientras que a nivel mundial se ubica en el puesto 18.

Alejandra Luzardo Gutiérrez, especialista senior del BID, considera que esta “posición de México en exportación de creatividad habla de un capital humano de primera línea y referente de calidad a nivel mundial”. Además, considera que el país tiene un rol muy importante en la región, pues ha demostrado cómo las industrias culturales y creativas pueden florecer y crecer. Cita el ejemplo del sector de videojuegos, que podría alcanzar un valor de 27,032 millones de pesos en 2018, lo que representaría un crecimiento de 8.4 %, respecto a 2017.

En México, un 11 % del empleo está en las industrias cimentadas en el derecho de autor o propiedad intelectual, donde “el porcentaje de empleo juvenil es mayor”, sostiene Luzardo Gutiérrez. También reconoce que la productividad en esta área es dos veces superior al promedio nacional.

Un ejemplo de industria creativa mexicana en crecimiento es el cine de animación, pues en 2017 produjo 20 películas, cuando en años anteriores sólo se realizaba una o dos. Esto se debe, sobre todo, a que las grandes cadenas de cartones animados de Estados Unidos se fijaron en México. La creatividad mexicana atrae cana- les internacionales como Cartoon Network, Nickelodeon y Discovery Kids. “Los grandes estudios ven una nueva apuesta y una estética diferente; califican al talento de México como original, novedoso y fresco”, afirma José Iñesta, director del festival mexicano de cine de animación Pixelatl.

Por lo anterior, México podría ser un nodo para la producción de contenidos audiovisuales e interactivos de Latinoamérica, ya que cuenta con instalaciones de producción audiovisual de primer nivel, como los Baja Film Studios, el mayor set acuático a nivel mundial, o los Estudios Churubusco, que tienen una trayectoria reconocida en el mundo fílmico.

Asimismo, los costos de producción y desarrollo audiovisual mexicanos son muy competitivos a nivel global; según KPMG, México es 37.7 % y 38.9 % más competitivo en costos, en comparación con Estados Unidos, para el desarrollo de software y el entretenimiento digital, respectivamente. Existen empresas trasnacionales que buscan creativos mexicanos que se incorporen a la producción de sus productos digitales. A la mayoría les ofrecen contratos bien renu- merados que generan utilidades e impuestos en beneficio del país. Por ello, Alejandro Rodríguez re- comienda que las empresas y los estudios de diseño valoren el trabajo de los creadores mexicanos e invertan más recursos en procesos productivos y talento.

El problema es que México carece de un mapeo de las diferentes industrias creativas y, de acuerdo al BID, no tiene “una forma correcta de medición” que le permita evaluar el impacto real que este sector tiene en su economía. “Ignoramos cuál es la cadena de valor de las diferentes industrias y no sabemos dónde están los cuellos de botella”, sentencia Juan Pablo Murra. Si hubiera una política pública y nos “sacudiéramos la miopía social de negar el valor económico de la creatividad y la riqueza de la propiedad intelectual”, la economía naranja de México podría pasar de 7.4 % del PIB a 12 %, calcula Ernesto Piedras, director general de The Competitive Intelligence Unit.

En Reino Unido, Francia, Italia y más recientemente en Colombia, no se preguntan si la cultura tiene algún valor económico, sino ¿cómo la vamos aprovechar mejor? Ese es el desafío de México, donde la in- dustria creativa representa el tercer sector de actividad económica, detrás de la maquila y el petróleo. “Si aceptamos que la creatividad es un recurso económico, si estructuramos de mejor manera las industrias culturales, si vinculamos la creatividad con la innovación y el emprendimiento, lograremos prender en México la chispa de una economía naranja importante”, sugiere Juan Pablo Murra.

Para lograrlo, argumenta el decano del Tecnológico de Monterrey, se requiere que los agentes creativos consideren la demanda e identifiquen las necesidades del consumidor, conozcan su disponibilidad de tiempo y recursos para el entretenimiento, las experiencias o la educación. Es decir, que sepan qué porcentaje de la población mexicana es un mercado real para la economía naranja.

La principal política pública del Estado, piensa Murra, debería ser acabar con la piratería, “es decir, proteger de modo rotundo la propiedad intelectual aplicando la ley. Además de la agilización del trámite de registro de patentes, control y resolución de controversias”. Para él, un componente importante en el desarrollo de una economía naranja es el adecuado tratamiento, gestión y valorización de la propiedad intelectual. “Si regresamos a la definición original de transformar una idea en bienes y servicios, entonces, la idea tiene un valor económico indiscutible, por ello es capital retribuir de modo justo a su autor” explica.

El directivo está consciente de que en México hay que analizar qué pasos faltan para tener competencias suficientes en la creación de empresas y proyectos, las cuales deben transformar ese potencial en bienes y servicios vendibles y consumibles. Por ejemplo, se debería crear una política salarial más justa y que dinamice el consumo, como pasa en las economías más avanzadas, donde la gente gana buenos salarios y pensiones, con los cuales cubren sus necesidades básicas; así, cada vez tienen más recursos y tiempo para invertirlos en viajes, cultura, diversión, libros, música, películas y educación continua.

En los años 50 del siglo pasado, Winston Churchill vislumbró que la auténtica riqueza de las naciones estaría cimentada en la propiedad intelectual y el talento humano. ¿También lo podrán entender así los futuros gobiernos de México? La pregunta está en el aire.