Que nadie te diga lo contrario

Presión, burlas, sarcasmo e incredulidad.
Cuando Ada Yonath comentaba sus planes de dedicarse a descifrar la estructura de los ribosomas, miembros de la comunidad científica se burlaban. Decían que era imposible obtener más información sobre los responsables de la síntesis de proteínas, incluso afirmaban que sería una pérdida de tiempo para la cristalógrafa israelí. Hizo oídos sordos. En 2009 obtuvo, junto a dos científicos, el Premio Nobel de Química por determinar la estructura tridimensional del ribosoma. “Todos deberían hacer lo que quieren realizar”, dice.


Cuando era niña, Ada Yonath tomó una decisión: quería saber cómo funcionaba el mundo. Estaba decidida a experimentar y aprender todo lo que pudiera, incluso si eso representaba caerse, lastimarse y fracturarse un brazo.

A los cinco años se propuso realizar su primer experimento científico, que consistía en medir la altura del techo de la casa donde vivía en la ciudad de Jerusalén, en Israel. Apiló algunos muebles e intentó llegar a la cima, pero resbaló y terminó en el patio de la vivienda que compartía con sus padres y otras dos familias.

“Me rompí un brazo. Pero eso no me desanimó”, confesó la investigadora a representantes de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco). “Mi curiosidad científica permaneció intacta”.

Era 1944 y su inquietud estaba puesta en darle alas a su imaginación, pese a la rigidez de la formación judía y a la serie de labores domésticas que tenía asignadas en casa. La situación de pobreza que vivía con su familia se agudizó con la muerte de su padre, que ocurrió cuando ella tenía 11 años. Entonces, junto a su madre y su hermana, se mudó a Tel Aviv –a una hora de Jerusalén–, donde completó la secundaria y continuó con sus estudios profesionales, luego del servicio militar obligatorio.

La curiosidad por el mundo, las constantes visitas de su padre al hospital y su servicio en las Fuerzas Médicas de Israel llevaron a Yonath a seguir por el camino de la ciencia, específicamente química, bioquímica y biofísica. En sus investigaciones iniciales ya estaba concentrada en desentrañar las estructuras de algunos compuestos como el colágeno y las proteínas fibrosas que forman a los músculos. Por su dedicación, pudo cursar sus estudios doctorales en el Instituto Weizmann de Ciencia y posteriormente llevó sus investigaciones al Instituto Mellon en Pittsburgh y al Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT).

En 1970 se planteó explicar el proceso de la biosíntesis de proteínas, para lograrlo debía entender mejor que nadie la estructura atómica del ribosoma. Pasó por muchas pruebas antes de obtener una imagen fiel y tridimensional. Sus estudios en cristalografía dieron resultado al exponer al ribosoma a temperaturas muy bajas que permitieran el uso de rayos X para la exploración.

Además, en el transcurso de la investigación, Yonath encontró que los ribosomas son parte fundamental para entender los efectos de algunos de los antibióticos más comunes.

Finalmente, después de 20 años de intenso trabajo y de soportar una cantidad de presión, burlas, sarcasmo e incredulidad de la comunidad científica, terminó la investigación que la llevó a obtener el Premio Nobel de Química en 2009. Se convirtió en la cuarta mujer en la “Enfrenté muchos problemas, tal vez alguno de ellos serían los mismos para los hombres, no lo sé. Porque los problemas son científicos, no de género”, dice la cristalógrafa en entrevista con Tec Review.

El sueño azul



Superar la situación económica familiar fue uno de los primeros desafíos que Yonath enfrentó. Desde muy joven, la investigadora tuvo diversos empleos para contribuir al presupuesto del hogar. “Era la alumna más rápida porque tenía que ir a trabajar después de clases”, recuerda.

Cuando su trabajo fue debidamente reconocido, la Nobel de Química se impuso una meta: apoyar a las nuevas generaciones de investigadores para que logren medicamentos más amigables con el medio ambiente y, especialmente, que las innovaciones se enfoquen en lograr una vida más longeva y saludable para toda la humanidad.

“Ese es mi sueño azul, lograr que en todos los países la esperanza de vida supere los 80 años”, afirma. Según el informe Panorama Estadístico de la Salud Mundial 2019, de la Organización Mundial de la Salud, la esperanza media de vida es de 72 años a nivel mundial y la expectativa de vida sana de 63.3 años.

¿Cómo lograr este aumento en la esperanza de vida? La cristalógrafa lo tiene claro: gracias a medicamentos y a un mejor cuidado de la salud a partir del estudio de las células y los ribosomas. Y lo llama su sueño azul debido a que con ese color se identifica a los países con esperanza de vida mayor a los 70 años.

Clase magistral



MIRAR AL FUTURO

“Con robots haremos nuevos avances científicos, por supuesto, eso es posible. No sé cómo hacerlo pero sé que como humanidad podemos lograrlo”.

TENER CONFIANZA

“Con robots haremos nuevos avances científicos, por supuesto, eso es posible. No sé cómo hacerlo pero sé que como humanidad podemos lograrlo”.

TEJER REDES

“(Para proteger la salud de las personas) es necesario hacer buena ciencia y encontrar compañías que inviertan en la fabricación de antibióticos”.



ILUSTRACIÓN: ALBERTO CAUDILLO

DISEÑO WEB: EVELYN AC