Desde hace más de una década, el mundo atraviesa por otro brote que se volvió global: la circulación virulenta de fake news, desinformación y ataques de trolls dirigidos a socavar la autoridad científica

La sala de reuniones está llena. En la mesa no queda ni un asiento libre. Son las 3:00 de la tarde y nadie faltó a la cita. Ni los CEO de compañías farmaceúticas como Novavax, Gilead Sciences, CureVac e Inovio Pharmaceuticals ni directivos de Pfizer, Sanofi y Johnson & Johnson. Tampoco los funcionarios de salud pública. La crisis mundial desatada por el nuevo coronavirus lo ameritaba. Uno a uno los invitados cuentan qué están haciendo sus empresas para combatir la pandemia de Covid-19. Un hombre de corbata roja escucha. Está de brazos cruzados. Agudiza la mirada y, de vez en cuando, asiente con la cabeza.

“Señor Presidente –señala en un momento Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos–. Pasará al menos un año y probablemente 18 meses antes de que se pueda aplicar una vacuna contra el coronavirus”.

Pero Donald Trump no parece contento. “Me gustará más si es un par de meses, si debo ser honesto”, responde casi ajeno a las palabras de los ejecutivos, quienes antes habían dicho que es imposible tener una vacuna lista en tan poco tiempo sin pasar por las fases de ensayos clínicos. E insiste: “Háganme el favor, aceleren los procesos”.

Ahí estaba, a comienzos de marzo pasado, el presidente de Estados Unidos, un hombre que sistemáticamente ha despreciado la ciencia, pidiéndole a los científicos que se apuren, que solucionen un problema que ha puesto en jaque no sólo a su administración, al mundo.

“Hace tres años, el presidente declaró su escepticismo sobre las vacunas y trató de lanzar un grupo de trabajo antivacunas”, escribió H. Holden Thorp, el editor general de la revista Science. “Ahora, de repente, ama las vacunas. Háganos usted un favor, señor presidente. Si quiere algo, comience a tratar la ciencia y sus principios con respeto”.


Si bien la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró el 11 de marzo pasado que el coronavirus ya era oficialmente una pandemia, desde hace más de una década el mundo atraviesa por otro tipo de brote que se volvió global. En este caso no producido por una amenaza biológica invisible como el SARS-CoV2 sino por la circulación virulenta de fake news, desinformación y ataques de trolls dirigidos a socavar la autoridad científica. Vivimos en una época donde los argumentos de negadores del cambio climático, terraplanistas, antivacunas, astrólogos y demás charlatanes se esparcen a gran velocidad.

“La ciencia se enfrenta a una crisis pública de confianza”, señala la historiadora de la ciencia Naomi Oreskes, autora de Why trust science? “Desde la Oficina Oval en Washington y en los medios de comunicación de todo el mundo, el consenso científico sobre el cambio climático, la efectividad de las vacunas y otros asuntos son cuestionados y tergiversados de manera rutinaria”.

El cuestionamiento no sólo proviene de polémicas figuras políticas como Trump, el brasileño Jair Bolsonaro o el turco Recep Tayyip Erdoğan. Gwyneth Paltrow, Chuck Norris, Jim Carrey, Oprah Winfrey, Tom Cruise y demás celebridades aprovechan la atención del público para difundir pseudociencias, defender la enseñanza del creacionismo bíblico en los colegios, atacar las vacunas o promover terapias peligrosas para la salud.

Lejos de ser opiniones aisladas, las declaraciones anticientíficas de estos actores, músicos y personajes influyentes tienen efectos directos: muchos padres rechazan vacunar a sus hijos y, como resultado, la mortalidad por enfermedades infecciosas prevenibles, como el sarampión, está en aumento. Y también incitan la desconfianza en especialistas.

“El rol actual de los científicos es menos relevante socialmente que hace 15 o 20 años”, advierte Federico Stezano, investigador de la Escuela de Humanidades y Educación del Tec de Monterrey. “Se observa un papel declinante de la ciencia y de los científicos en la racionalización y legitimación de las acciones públicas”.




El poder de la comunidad

La ciencia no ha tenido siempre el lugar que ocupa hoy en la sociedad moderna. Durante siglos, hombres y mujeres que exploraron la naturaleza con preguntas y observaciones fueron vistos como sospechosos. En especial, porque sus afirmaciones movidas por la razón chocaban con el dogma religioso, es decir cuestionaban aquella verdad considerada sagrada. En el proceso, estos pensadores fueron perseguidos y condenados.

En el año 415, la matemática Hipatia de Alejandría fue asesinada por un grupo de cristianos. Con sus ideas sobre la pluralidad de mundos, el astrónomo Giordano Bruno desafió en el siglo XVI a la Inquisición. Declarado hereje, fue encarcelado y luego quemado en la hoguera. Un siglo después, el italiano Galileo Galilei fue sentenciado a arresto domiciliario por publicar evidencias que apoyaban la teoría copernicana de que la Tierra gira alrededor del Sol.

La idea de que la ciencia debía ser nuestra fuente dominante de autoridad sobre los asuntos de la naturaleza prevaleció en los países occidentales desde la Ilustración. Se crearon sociedades científicas, como la Real Sociedad de Londres para el Avance de la Ciencia Natural o la Academia de Ciencias de Francia, para reconocer a aquellos individuos cuyas opiniones sobre cuestiones científicas debían ser confiadas y atendidas.

Fue hasta 1834 cuando el filósofo británico William Whewell inventó la palabra scientist (científico/a) en oposición a “filósofo de la naturaleza”, una denominación bastante vaga que se usaba y conducía a la confusión. Pero con el tiempo empezó a prevalecer la idea de que el valor de la ciencia no estaba en el individuo –en la opinión personal, aislada– sino en la comunidad. La ciencia era una disciplina meramente colectiva. “Un investigador verdaderamente aislado es imposible”, señaló el biólogo y sociólogo Ludwik Fleck.


Como sostenía ese investigador polaco, los científicos –que a lo largo del siglo XX se convirtieron en profesionales ultraespecializados– trabajan en comunidades en las que los aportes individuales se convierten en recursos compartidos. Las observaciones son interpretadas y contrastadas por pares en “colectivos de pensamiento”.

Ya lo decía el filósofo de la ciencia Thomas Kuhn en el libro La estructura de las revoluciones científicas: los científicos no trabajan solos sino en comunidades que comparten teorías sobre la realidad empírica –como la teoría de la relatividad, la teoría de la evolución por selección natural o la teoría de la tectónica de placas– y valores y creencias.

La irrupción de las redes sociales provocó un terremoto que sacudió las bases de la sociedad. “En cámaras de eco informativas generadas a través de filtros y algoritmos orientados al consumidor, las creencias infundadas prosperan”, explica el filósofo Angelo Fasce, de la Universidad de Valencia. “Las redes sociales se volvieron el modelo dominante de comunicación interpersonal: son un hervidero de agitación que deja atrás los estándares modernos de razón pública y evaluación crítica. Los hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que las apelaciones a las emociones y las creencias personales”.

Como resultado, las redes sociales tienden a amplificar el extremismo: las emociones –y no la fiabilidad, la veracidad o la relevancia– constituyen la principal fuente de motivación para la disposición personal a compartir desinformación. Así, las noticias falsas y otras formas de irracionalidad colectiva, como las pseudociencias, el negacionismo científico, las teorías conspirativas y la resistencia a los hechos, se esparcen como virus.



“Todos los movimientos anticiencia pueden entenderse como síntomas del analfabetismo científico”, revela Stezano. “Suelen basarse en datos sesgados y fabricar falsas controversias. El negacionismo científico a menudo tiene fuertes conexiones políticas, como la derecha cristiana”.

Como señalan los sociólogos Shanto Iyengar y Douglas S. Massey, en su investigación “Comunicación científica en una sociedad posverdad”, la desconfianza en la empresa científica y las percepciones erróneas del conocimiento científico se derivan cada vez menos de los problemas de comunicación y más de la difusión generalizada de información engañosa y sesgada.

Pese a ello, la confianza en la ciencia no ha tenido un impacto profundo. Al menos no en Estados Unidos. El 44 % de los estadounidenses tiene una gran confianza en la comunidad científica, 47 % solo tiene algo de confianza y 7 % apenas confía. Así lo revela una encuesta realizada por el centro de investigación NORC, de la Universidad de Chicago, en 2018.

De acuerdo con la organización, la confianza pública en la comunidad científica se destaca entre las 13 instituciones más estables, entre las que se encuentran el ejército, la medicina, la educación y la prensa.

Cerebro y corazón

En este nuevo ecosistema informativo dominado por las noticias falsas, nunca ha sido más importante defender a la ciencia, piensa el filósofo sueco Sven Ove Hansson.

“El negacionismo científico plantea una seria amenaza para la salud humana y la sostenibilidad a largo plazo de la civilización humana”, asegura este investigador, quien escribió un decálogo para luchar contra los movimientos anticiencia que incluye puntos como no retrates la ciencia como un tipo único de conocimiento, no subestimes la incertidumbre científica, no describas la ciencia como infalible, no culpes a las víctimas de la desinformación y no pretendas convencer a los propagandistas anticientíficos.

Para Oreskes, es fundamental que los científicos hablen sobre los valores que los motivan y dan forma a la ciencia que hacen. “Tienen que estar dispuestos a hablar sobre sí mismos y sus experiencias”, recomienda la historiadora de la Universidad de Harvard.





La física británica Helen Czerski sostiene que para resolver la crisis de desinformación es necesario mejorar la accesibilidad a las comunicaciones científicas: apoyando al periodismo científico, instruyendo a investigadores para que comuniquen mejor sus investigaciones y hacer que los artículos vinculados a ciencia estén disponibles gratuitamente en línea. “Necesitamos ganar confianza en el sistema científico de una manera nueva, transparente, abierta y humana”, agrega la investigadora de la University College de Londres.


Otra vía posible para combatir el negacionismo científico es la emoción. Así lo constató ya hace 40 años el astrofísico Carl Sagan con su serie documental Cosmos, co-escrita junto a su esposa Ann Druyan, escritora y productora especializada en cosmología y la ciencia popular.

“Los científicos no deberían regodearse de lo que saben frente a las audiencias, sino buscar conectarse emocionalmente con ellas”, aconseja Druyan. “Esa ha sido la misión de Cosmos: asombrar, entretener, incentivar la curiosidad, excitar, recordar que la ciencia nos rodea, que es relevante en nuestras vidas y en nuestra cultura. Transmitir información es sólo una fracción del deber de la comunicación de la ciencia. Hay que conectar el cerebro con el corazón”.

Para ella se trata de traducir las ideas científicas al lenguaje común y derribar los muros que rodean la ciencia. “Y así –destaca la escritora– defender nuestra civilización del momento crítico en el que estamos”.



FOTO: ESPECIAL

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